Hay momentos en los que tenemos que reunir toda la fuerza y el coraje para poner nuestra mejor cara y hacer que nuestros hijos se sientan seguros, que crean que estamos haciendo y sintiéndonos bien.
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Hay momentos en los que realmente nos estamos rompiendo en un silencio total, en los que nuestros corazones están muy agobiados por tanta presión que existe fuera y las expectativas de cómo ser la madre perfecta.
Al igual que sucede con las historias de amor y de superación personal, la maternidad a menudo es retratada como algo fabuloso y glamoroso pero no toma en cuenta el lado oscuro que hace que muchas se cuestionen si lo están haciendo bien.
Hay momentos dolorosos y asquerosos en los que muchas incluso se desconocen a sí mismas cuando se ven al espejo.
De pronto ya no recuerdan lo que es tomar un largo baño caliente o simplemente quedarse en cama el fin de semana hasta tarde, sin preocupación alguna.

Cuando una es madre, el descanso se convierte en lo más anhelado. Tan sólo un minuto de cerrar los ojos y respirar profundamente se convierte en oro puro.
Pero sabes que no puedes porque en tu mente está la constante preocupación de que si parpadeas, algo terrible puede suceder. Estás agotada física y mentalmente y aunque por un instante pareciera que te vas a desvancer, de pronto recuperas la fuerza de un roble. Y es que sabes que todo lo vale cuando se trata de ese pequeño ser que creció dentro de ti por nueve meses.
Esas ojeras valen la pena. Son muestra del amor más puro e incondicional que sólo una madre puede ofrecer.

La maternidad te cambia por completo. Tu cuerpo pasa a ser de ese ser que crece en tu interior. Literalmente depende de ti y no importa cuántos años pasen, seguirás haciendo todo por su bienestar.
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La maternidad viene cargada de muchas emociones, sin mencionar que también está llena de manchas, cicatrices, piel colgante y fluidos. A veces te sientes muy frágil y vulnerable y otras, la mujer más poderosa del mundo.
Eso sí, todas pasan por el constante miedo e inseguridad de creer que lo están haciendo todo mal. La realidad es ésta: no existe un manual sobre cómo ser buena madre, es algo que vas aprendiendo sobre la marcha. Puedes tomar ciertos consejos ajenos pero al final, la única que sabrá lo que es bueno para los suyos, eres tú.
Créeme que estás haciendo un gran trabajo. Todo ese esfuerzo tiene sus recompensas.

Hay miles de pensamientos sobre rendirte, pero cuando miras esta diminuta e inocente vida que respira a tu lado, olvidas cómo te duelen los pies o la espalda, instantáneamente olvidas lo cansada y hambrienta que estás. Te acostumbras a esas horas extra que trabajar después de terminar los pendientes de la oficina porque para ti, es tiempo de calidad a su lado.
Estás dispuesta a hacer los sacrificios necesarios, a soportar todas las dificultades con tal de estar a su lado y verlo crecer. Estás decidida a hacer todo lo necesario porque su pequeño corazón lata siempre de felicidad. Porque es quien te ha enseñado que las mejores cosas de la vida vienen en empaques pequeños.
Ahora sabes que tus ojeras son parte de todo ese sacrificio y ese amor incondicional. Tu arduo trabajo, tus sacrificios, tus esfuerzos de menor a mayor son muy apreciados y los verás reflejados conforme tu pequeño crezca. Es cierto que hay una clase de amor que no sabes que existe hasta que te conviertes en madre.
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